sábado, 18 de febrero de 2012

Un recorrido a través de la obra de Delacroix

Autorretrato con chaleco verde, 1937.
La exposición más completa sobre la obra del pintor romántico francés Eugène Delacroix (1798-1863) se inauguró el pasado miércoles en el CaixaForum de Barcelona. 130 obras nos guían a través de las diferentes etapas de su vida como artista. Nada más entrar nos encontramos con dos autorretratos suyos a modo de presentación: uno de 1837 y otro de 1842, ambos pintados al óleo. 

Uno de los aciertos de esta muestra es que no sólo se puede conocer al gran artista que llegó a ser Delacroix, sino también su aprendizaje artístico y en muchas ocasiones, además, podremos ver el boceto y la obra final.

Su instrucción empezó por el desnudo, especialmente por el de la mujer. Ya en las primeras obras resalta su especial interés por la luz que focaliza la atención dentro de la escena del cuadro. Los tres retratos casi idénticos de Aspasia (1824) le permiten investigar sobre el color.

Aunque en la exposición abundan las obras al óleo sobre lienzo, también destacan diversas litografías. Como, por ejemplo, las inspiradas en Fausto de Goethe. Por otro lado, Delacroix también empleó el grabado al aguatinta, cuya técnica utilizó en Capricho de Goya, Interior de hospital y Herrero. Todas ellas inspiradas en la obra del español Francisco de Goya (1746-1828). Otros dos cuadros al óleo están basados en Hamlet, lo que corrobora que su generación se identificó en la figura de éste por su pesimismo y vacilaciones.

Tigre joven jugando con su madre, 1830.
Una de sus experiencias como estudiante de arte le condujo hasta el Jardín de las Plantas de París, donde observaba animales vivos y muertos. En las obras de ese período resaltan las similitudes que señala entre los animales y los humanos. Además, dedica un grandioso cuadro a un tigre, equiparando el retrato del animal al de una persona de cuerpo entero. La obra se caracteriza no sólo por su tamaño, sino también por la majestuosa postura del animal y su dignidad.

Entre 1820 y 1830 tuvo una fuerte influencia de la pintura inglesa, por eso dedica varias obras al tradicional retrato británico.

La literatura fue uno de sus principales estímulos al inicio de su carrera como pintor pero también más adelante. No obstante, su intención era ir más allá de la representación de una escena en concreto: buscaba ilustrar las emociones que le provocaban las lecturas.

La Guerra de independencia griega (1821-1832) y su viaje a Marruecos (1832) le inspiraron varias producciones. Esta experiencia, que formó parte de una misión diplomática, le ayudó a perfeccionar su técnica con la acuarela.

Después de realizar encargos por parte del Estado para decorar edificios públicos, vuelve -a finales de los años 30- a la pintura clásica. De tal modo que pinta grandes óleos de tema mitológico y religioso. En la exposición destacan varios cuadros de Cristo en la cruz. Pese a todo, el sentimiento religioso no es muy relevante en su obra y eso le hizo ser muy criticado por sus contemporáneos.

El naufragio de Don Juan, 1840. Inspirado en un poema de Lord Byron.

La Exposición Universal de París de 1855 encumbró a Delacroix. Su obra adquiere un matiz diferente cuando a los 57 años se interesa por lo inacabado, intentando conservar en sus lienzos la frescura de los bocetos. Por otro lado, contrariamente a lo común de aquella época, antepone la fuerza de la expresión a la perfección formal con sus líneas arremolinadas y su color subido.

Vista de la costa cerca de Tánger, 1858.
Sólo cuando llegamos al final de la exposición vemos un cielo luminoso, ya que si algo caracteriza la gran mayoría de obras de Delacroix es su contraste (penumbra y foco de luz). No obstante, en el cuadro Vista de la costa cerca de Tánger, de 1858, la totalidad de la escena tiene luz. Con esta y otras obras anticipa la búsqueda luminosa de los impresionistas. 

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